miércoles, 1 de junio de 2016

#54 - El delicioso escozor de espina amarga

Valentín González
Córdoba.

FOTO: MATI CASTRO  











¿Qué te acercó a la música?
Mi viejo es músico y lutier, y mi vieja es una persona muy musical. Mis varios tíos y primos son músicos, pintores, escritores, actores. La música siempre estuvo ahí, no tuve que acercarme demasiado.

¿Cuáles fueron tus primeras incursiones?
Cuando tenía seis años mi viejo me enseñó a tocar Camino a San Francisco en una criolla hecha por él, con cuerdas de metal (la única que había en casa hasta ese momento). A los siete recibí de regalo mi primera eléctrica (también construida por mi viejo) y un marshallito de esos de dos watts. En general, fui aprendiendo solo, nunca tomé clases de guitarra ni canto formalmente porque era muy inquieto, no me salía ni me sale estudiar demasiado. Básicamente, me pasé toda mi infancia tocando canciones de los Beatles en actos del colegio, jeje.

¿Tenés una metodología de composición y trabajo?
No siempre hay métodos, pero por lo general cuando uso uno no lo repito. Cada vez que hago una canción nueva es de una forma distinta. Muchas veces, en lugar de enfocarme en hacer una canción me enfoco en el modo en el que la encararía. Si eso se resuelve, si consigo un método nuevo, la canción nace sola.

¿Cuál es el momento más placentero del proceso musical?
Cuando escucho por primera vez una canción nueva que acabo de grabar. Y cuando la empiezo a mostrar.

¿De qué hablan tus canciones?
Hay de todo. Se repiten escenarios oscuros y el camino hacia la luz, la contemplación de la nostalgia, pero sin tristeza, con cierta dulzura. Siempre digo que hago música con saudade, que es un concepto portugués que remite a una especie de nostalgia feliz. Hay un poema hermoso de Garrett, A saudade, y él dice que es “delicioso pungir de acerbo espinho”, algo así como el delicioso escozor de espina amarga. Diría que mis canciones se ubican bastante en ese lugar.

¿Qué esperás que pase con tus canciones?
Que se embellezcan con el tiempo, que tengan sentido y que puedan penetrar en el que escuche.

¿Cuándo empezaste tu camino solista y por qué?
Empecé en 2010, a los meses de haberme mudado a Buenos Aires. En parte fue por practicidad, en ese momento me costaba mucho conseguir músicos para armar una banda, que era a lo que estaba acostumbrado. Por otro lado aproveché el cambio de aire para animarme a salir a tocar solo. Vivía solo, salía solo, estaba bastante solo en la ciudad. Las canciones estaban ligadas a eso también.

¿Cómo ves la escena musical?
Creo que está más desprejuiciada que hace un tiempo. Creo que éste, como cualquier otro, es el mejor momento para hacer música, pero cada vez nos damos más cuenta de eso.

¿Con qué músicos de tu entorno te sentís emparentado?
Hay muchísimos, con los Valbé, Jamani, Juanga, Fly fly Caroline, Eze Borra, Niko Garay, Cristóbal Sterpone, Mati Mormandi, Balda, Eze Schaerer, Gabi Améndola y mil etcéteras. Pero sobre todo me siento muy conectado con los músicos de mi banda: Nico Echeverría, Leandro Emanuele, Román Descotte y Santi Gavioli.

¿Encontrás alguna identidad musical propia de tu zona o circuito?
Va mutando. Tanto la identidad de cada proyecto como los circuitos en los que se mueven. La identidad está relacionada al entorno, nos vamos contagiando entre nosotros.

¿Un disco?
Aquelarre, de Sig Ragga.

¿Una canción?
“Si amanece”, de Juanga.

¿Una frase?
“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, cuento de Augusto Monterroso.

¿Un espacio?
Depende.

¿Con quién continúa la serie?
Con Cristóbal Sterpone →

EL MÚSICO POR SU CANCIÓN: “SIN RESPIRAR”

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